Estados Unidos mantiene desplegados varios buques de guerra en el mar Caribe aduciendo su voluntad de reforzar la lucha contra el narcotráfico y promoviendo una narrativa en la que sindica a Nicolás Maduro como cabecilla del supuesto Cartel de Los Soles. El caso es que, dado que el verdadero objetivo de esta operación militar es presionar al autócrata venezolano a abandonar el poder, cabe preguntarse qué papel cumplirían los aparatos de combate de la Aviación Militar Bolivariana (AMB) en caso de que esta acción intimidatoria derive en el uso de la fuerza.
Venezuela cuenta con no más de treinta aviones de combate de cuarta generación, tanto de manufactura estadounidense como rusa. En el primer caso, se trata de los F-16, comprados en los años 80, y en el segundo, de los Su-30, adquiridos por Hugo Chávez en 2006. En el papel, la AMB dispone en su inventario de 24 Su-30 y no más de media docena de F-16, cuyo mantenimiento se ha visto complicado por un embargo estadounidense. A ellos se suman 24 aviones de entrenamiento avanzado y ataque ligero a tierra K-8, de origen chino.
Misiles a la orden del día
Los Su-30 venezolanos, que son aviones de generación 4.5, están armados con misiles aire-aire (AAM) R-73, de corto alcance, y R-27 y R-77 de medio alcance. El R-77, contrapartida del estadounidense AIM-120 AMRAAM, es responsable de varias de las victorias atribuidas a los MiG-31 y Su-35 rusos en la guerra de Ucrania. También están provistos de misiles antibuque Kh-31 y de crucero Kh-59, utilizados por Rusia para atacar objetivos estratégicos ucranianos, acompañados de cientos de drones para saturar las defensas aéreas enemigas.
Mientras que los F-16 están armados con AAM de corto alcance, estadounidenses (AIM-9) e israelíes (Python IV), aun cuando existen dudas sobre su operatividad real, dado el pésimo estado de las relaciones de Caracas con Washington y Tel Aviv. Al respecto, es preciso señalar que Irán no solo ha ayudado a Venezuela a mantener parte de sus F-16 y AIM-9, sino que también le ha suministrado tecnología para la fabricación de drones de ataque. Finalmente, los K-8 están provistos de AAM de corto alcance PL-5.
Un enfrentamiento desigual
Pero, más allá de la potencia aérea que pueda tener Venezuela hoy, lo cierto es que tendría pocas posibilidades de salir airosa en un enfrentamiento con Estados Unidos, país que cuenta con la flota de portaaviones más grande del mundo. De hecho, una sola de estas naves transporta tres veces más cazabombarderos F/A-18 que todos los aviones de combate en poder de la AMB, a los que hay que sumar a los cazas de quinta generación F-35 que Estados Unidos está empezando a desplegar en Puerto Rico.
A ello se añade la superioridad de Estados Unidos en materia de guerra electrónica, así como su capacidad de vigilancia estratégica (satélites, y plataformas de alerta temprana y control aerotransportado). Ahí están para demostrarlo las operaciones militares lanzadas contra Irak en 1991 y 2003, lo mismo que el bombardeo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) contra la extinta Yugoslavia en 1999, aun cuando en este último caso resultara derribado un avión furtivo F-117 por acción de un misil tierra-aire S-125, de manufactura rusa/soviética.
¿Y los sistemas antiaéreos?
A propósito de misiles tierra-aire, Venezuela también cuenta con los S-125, así como con el sistema Buk-M2, a los que se adicionan los S-300, que tienen un alcance de 200 km, esto es, cinco veces más que el de los dos anteriores. A ellos se añaden miles de misiles tierra-aire portátiles Igla, aunque con un alcance mucho menor (5 km). Pero habría que ver en los hechos cómo funcionaría este sistema antiaéreo multicapas, en apariencia soberbio, en caso de un ataque aéreo masivo por parte de Estados Unidos.
Baste recordar lo que ocurrió en el conflicto armado que, en junio pasado, sostuvieron Irán e Israel, cuando la fuerza aérea de este país puso fuera de combate a la mayoría de los sistemas antiaéreos enemigos, que incluían S-300, así como los modelos de fabricación iraní Bavar-373 (200 km) y Khordad-15 (120 km). Para ello resultaron claves las capacidades furtivas de los F-35 israelíes, cuya acción inicial favoreció las operaciones de los F-15 y F-16, que actuaron libres de interferencias significativas.
Una tensa espera
Ante este panorama, a Maduro solo le quedaría plantar una resistencia en el terreno, tanto con elementos del Ejército Bolivariano (EB), como de la Milicia Bolivariana (MB), recurriendo a tácticas de guerra no convencional ante la manifiesta superioridad militar y tecnológica de Estados Unidos. Siempre que, claro, la administración Trump se decante por una invasión, que llegaría después de un abrumador ataque con misiles lanzados desde buques y aviones contra objetivos estratégicos, empezando por las bases aéreas y los sistemas antiaéreos.
Este es el análisis militar del asunto, pues otro es el aspecto político del mismo, en el sentido que nada justificaría una acción armada de Estados Unidos contra Venezuela, ni siquiera para restituir la democracia, teniendo en cuenta el reguero de muertes que ocasionaría. En el mejor de los casos, si provoca una insurrección general, la lucha sería breve y la capitulación de Maduro dejaría decenas o cientos de muertos. En el peor de los casos, la lucha podría desembocar en una guerra civil que dure meses o años, y que se cobraría la vida de decenas de miles de personas.
❯❯ Carlos Rada Benavides es analista de temas internacionales y de seguridad.
Este artículo no ha sido escrito con inteligencia artificial