La guerra que enfrenta a Estados Unidos e Israel contra Irán vuelve a poner en la palestra la instrumentalización que se hace de la religión para justificar ambiciones geopolíticas en nombre de Dios. Lo tragicómico del asunto es que no se trata de un único Dios, sino de un Dios que cada bando concibe como mejor le parece, y que está seguro de que bendice sus armas y lo protege de sus enemigos. En suma, un Dios de amor que, empero, justificaría matanzas y atrocidades, siempre en nombre, claro, de la paz y la justicia.

Hablamos entonces de una suerte de geoteología, que las grandes y medianas potencias utilizan como medio de justificar sus aspiraciones de hegemonía global o regional. Obviamente, la mayoría de personas no presta mayor atención a este hecho, en la medida que, en el marco de sus creencias, considera normal la interrelación entre política, ideología y religión. Como si a alguien le constase que Dios prefiere a tal o cual país, o si está a favor o en contra de la democracia, la autocracia, el capitalismo o el comunismo.

Invocación a Amalec

En octubre del 2023, luego del atentado terrorista ejecutado por Hamás en territorio israelí, que se saldó con un millar de muertos, Benjamín Netanyahu pronunció un mensaje a la nación en el que pidió a sus connacionales recordar a Amalec, haciendo alusión a un pasaje bíblico en el que el Dios de judíos y cristianos ordena a los israelitas actuar sin piedad ante los amalecitas y, por tanto, “matar a hombres, mujeres y niños, aun los de pecho”. Una forma de actuar que, lamentablemente, no es la excepción, sino la regla en el Antiguo Testamento.

De ahí que no sorprenda la enorme cantidad de víctimas que ha dejado la ofensiva militar israelí en la franja de Gaza, estimada en 75,000 muertos y alrededor de 300,000 heridos, la mayor parte de ellos niños. Esto significa que, aproximadamente, el 3.5 % de la población palestina asentada en Gaza ha perdido la vida por los bombardeos israelíes. Pero para Netanyahu, quien también citó la Biblia para decir que “hay un tiempo para la paz y un tiempo para la guerra”, esta guerra –genocidio, según la ONU– también ha sido buena a los ojos de Dios.

Más protección de Dios

Recientemente, el 5 de marzo, Donald Trump recibió en la Casa Blanca a una veintena de pastores evangélicos, quienes pidieron a Dios “protección divina” para el mandatario estadounidense, en el marco de la guerra contra Irán. Lo curioso del caso, por decir algo, es que tan solo cinco días antes, el 28 de febrero, un bombardeo estadounidense había matado a 168 personas en una escuela primaria iraní, niñas la mayoría de ellas. ¿No hubiera sido mejor, acaso, pedir que Dios protegiera a los niños y niñas de todos los países involucrados en esta guerra?

Días después, el 12 de marzo, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, durante una comparecencia oficial, citó el Salmo 144 del Antiguo Testamento, que dice: “Bendito sea el Señor, mi roca, quien adiestra mis manos para la batalla y mis dedos para la guerra”. Nuevamente, la invocación a Dios para justificar la guerra, es decir, para respaldar los objetivos geopolíticos de Estados Unidos en Oriente Medio, que, como se sabe, están entrelazados con los de Israel. Hoy más que nunca con el nacionalismo cristiano imperante en la administración Trump.

Alá, entre chiitas y sunitas

Pero la cosa no es monopolio de sectores importantes de Estados Unidos e Israel, sino también de los países musulmanes, incluido Irán, regido por una teocracia en la que el ayatolá Jamenei se erige como el Líder Supremo en representación de Dios. Como es lógico suponer, este Dios es apócrifo para judíos y cristianos, así como el Dios de estos no es real a ojos de los musulmanes, quienes, además, están divididos entre chiitas y sunitas, siendo que estos últimos creen tener la representatividad exclusiva de Alá, razón por la que consideran herejes a los primeros.

Y así se da otra paradoja en el actual conflicto armado, teniendo en cuenta que el grito Allahu Akbar, es decir, Dios es Grande, es invocado no solo por Irán contra Estados Unidos e Israel, sino por todos los países musulmanes involucrados en la contienda: por los iraníes chiitas, cuando lanzan drones y misiles balísticos, y por los emiratíes y saudíes sunitas, cuando se afanan en interceptarlos. Imaginémonos lo ocupado que debe estar Alá en estos momentos, ayudando, simultáneamente, a unos en el ataque y a otros en la defensa.

Dios está con los “buenos”

De manera que la actual confrontación bélica en Oriente Medio no debe verse solo a la luz de los sistemas de armas que ponen en lisa los bandos enfrentados o de las estrategias políticas y militares que ejecutan para conseguir sus objetivos. El tema es más de fondo y tiene que ver, hoy más que nunca, con la difusión de una narrativa que normaliza la instrumentalización de Dios con fines políticos y bélicos. Es decir, el uso de Dios en un marco religioso, no espiritual, aun cuando muchos no entiendan la crucial diferencia entre estos conceptos. Jonathan Swift, autor de Los Viajes de Gulliver, decía ya en el siglo XVII: “Tenemos bastante religión para odiarnos unos a otros, pero no la bastante para amarnos”. Hoy, casi 400 años después, su afirmación resulta más cierta que nunca, cuando las elites políticas y religiosas de unos y otros fomentan la guerra con fines geopolíticos, pero disfrazándola de una lucha contra el “mal”. Así las cosas, me quedo con la frase de Thomas Paine, filósofo humanista inglés del siglo XVIII: “Mi patria es el mundo, mi religión es hacer el bien”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *