Antoni Bosch Pujol, físico y auditor de sistemas con casi medio siglo de trayectoria, traza un paralelismo entre la llegada de las cosechadoras a los campos de Cataluña y la actual irrupción de la IA. Con una mirada crítica hacia el “vendedor de humo” tecnológico, advierte que estamos repitiendo los errores de los años 80: sistematizar el caos bajo el miedo a quedar fuera del mercado (FOMO), mientras la verdadera amenaza se gesta en la unión de la computación cuántica con la Inteligencia Artificial, y el uso de menores inimputables en el cibercrimen.

Utilizas una imagen muy potente para hablar del miedo al desplazamiento laboral: las cuadrillas de temporeros en tu pueblo de Cataluña. ¿Es la IA la “cosechadora” de nuestra era?

Exactamente. Cuando yo era chico, veía llegar cuadrillas de 50 personas a mi casa; segaban los campos durante semanas, separando el grano de la paja manualmente. Cuando llegaron las primeras máquinas, parecía que el mundo se acababa porque hacían en una tarde lo que a 80 personas les tomaba un mes. El mundo no se acabó; la gente se recicló. Hoy, con la IA, el discurso es idéntico al de hace 45 años con la informática. Negar que habrá gente que se quede sin trabajo momentáneamente es mentira, pero es una evolución natural. Ya pasó con los temporeros y pasará con profesiones que hoy consideramos “buenas”.

Viviste el nacimiento de la informática profesional en los años 80, cuando ni siquiera existía el título de “informático”. ¿Qué errores de esa época estamos repitiendo hoy?

El error es “mecanizar el desorden”. En esa época, las empresas pensaban que una computadora solucionaría sus problemas de gestión. Sin embargo, si los procesos no estaban organizados antes de la informatización, solo se lograba perder el control del caos. A los informáticos se les llamaba “vendedores de humo” porque prometían soluciones mágicas y entregaban desorden sistematizado. Actualmente, ocurre lo mismo con ChatGPT, Gemini o DeepSeek: hay un descontrol total, sistemas propietarios que no se comunican entre sí y una falta de estándares, similar a lo que sucedía antes de MS-DOS.

Has mencionado el efecto FOMO (Fear Of Missing Out) como un impulsor de esta urgencia. ¿La tecnología nos está obligando a utilizar herramientas que no entendemos?

Completamente. Se trata del miedo a quedar excluido. “Si mi entorno utiliza IA, yo también debo decir que la uso, aunque no sepa para qué”. Estamos en la era de las abreviaturas y los anglicismos para parecer “modernos”, pero al profundizar, se descubre que muchos “gurús” no tienen idea. Es fundamental recordar que, si se recibe un informe de auditoría o consultoría que no se entiende, el informe es deficiente. Si, después de varias preguntas, el experto no puede explicarlo de manera sencilla, es señal de falta de conocimiento. El mundo tecnológico puede intimidar, pero no hay que temer preguntar.

Respecto a la seguridad, has advertido sobre una combinación técnica destructiva en este 2026: IA y computación cuántica. ¿Por qué es tan peligrosa?

Porque la IA agiliza la ejecución y la cuántica rompe la capacidad de protección. En manos de la delincuencia cibernética, esto representa un arma de destrucción masiva de la privacidad. Además, hay un factor humano perverso: el uso de menores de edad. En muchos países, los menores son legalmente inimputables. Las mafias los reclutan porque saben que existe un vacío legal. Un menor, desde su habitación, puede causar daños sistémicos y, debido a su edad, la ley no puede actuar con la misma contundencia que contra un adulto. Es el crimen aprovechando la inmediatez y la falta de reflexión en nuestra época.

En relación a la inmediatez, ¿cómo afecta la velocidad de Internet a la gestión de crisis y la reputación en la actualidad?

En que no se dispone de tiempo para reflexionar. Sin embargo, existe una máxima en Internet: “si quieres que algo desaparezca, no lo revuelvas”. Si se intenta responder a cada ataque o noticia negativa en foros, se alimenta el algoritmo y se le da vida. Si se permanece en silencio, la inmediatez de la red —que es su gran defecto— se convierte en un aliado: la noticia se desvanece, reemplazada por el siguiente escándalo en cuestión de horas.

Para concluir: insistes en que la IA existe desde 1945. ¿Por qué nos han hecho creer que esto comenzó hace dos años?

Porque el bit era costoso y el hardware era lo más importante. Antes, el software era solo el “manual de instrucciones”. Ahora que la capacidad de cálculo es masiva, la IA ha pasado de los laboratorios al mercado masivo. Pero la base científica es antigua. Lo que ha cambiado es el negocio y nuestra impaciencia. Estamos en 2026 y, como en los años 80 o en el 2000, el mundo continúa. La clave no reside en la herramienta, sino en el uso y la organización previa. Sin orden, la IA solo es humo más rápido.