En una era de transformación digital acelerada, la Inteligencia Artificial (IA) se presenta no solo como una herramienta de eficiencia, sino también como un catalizador de profundos cambios sociales. ¿Estamos ante una ola de desempleo masivo o frente a la mayor oportunidad para reinventar nuestro potencial? El Dr. Ernesto Cuadros Vargas, informático, docente, miembro del comité consultivo de la Cámara Peruana de la IA y líder en APESOFT, analiza con mirada crítica y optimista este panorama. Desde la automatización del transporte hasta la alarmante reducción del coeficiente intelectual en las nuevas generaciones por el uso desmedido de celulares, Cuadros Vargas desentraña los desafíos y oportunidades, subrayando la urgencia de una preparación educativa y estatal que esté a la altura de los tiempos, lejos de la lentitud burocrática.
Dr. Cuadros Vargas, usted es miembro del comité consultivo de la recién formada Cámara Peruana de la IA. Muchos analistas muestran preocupación por un posible desempleo masivo impulsado por la automatización. ¿Ve este escenario como algo dramático?
Sí, pero depende del tipo de actividades. Lo que la IA hace muy bien es procesar grandes volúmenes de información muy rápido. Las tareas repetitivas son más fáciles de reemplazar. Si tu función es, por ejemplo, ponerle sellos a un PDF en todas las páginas, un computador lo hará más rápido y mejor. Mientras más cercana sea tu actividad a algo muy específico que el ser humano hace mejor, es más difícil de reemplazar. Muchas actividades actuales son reemplazables y deberían serlo, porque no solo nos cuestan menos automatizadas, sino que nos hacen perder tiempo al hacerlas manualmente.
Un caso concreto es el de los taxistas en Nueva York, que protestan por la irrupción de taxis autónomos. ¿No cree que la globalización de esto afectará gravemente a un sector clave como el transporte?
Pero si te pones a pensar, los autos autónomos tienen mucho menos índice de accidentes que los seres humanos, algo crucial para un tráfico caótico como el de Lima. La perspectiva no tiene que ser de pérdida. Esa misma persona que hoy es chofer podría en el futuro comprar un auto, soltarlo desde su casa y que el auto trabaje solo en una plataforma. Al final del día, le ha producido ingresos sin moverse. La necesidad de transporte seguirá ahí, pero no tiene que ser un empleo humano si es una actividad mecánica. Lo hará un computador y lo hará mejor.
Ese ejemplo es válido para muchas otras industrias. ¿Estamos entonces ante una transformación similar a la que provocó la imprenta o la máquina de vapor?
Por supuesto. Lo que está sucediendo no es que se eliminen trabajos, sino que nos transformamos. Con la imprenta y la máquina de vapor también hubo pánico. La automatización industrial dio origen a muchísimas más actividades. Es cierto que desaparecieron los empleos de las carretas, pero evolucionamos. No es la primera vez que pasa y no será la última.
Cambiando de ángulo, personajes como Elon Musk alertan sobre los riesgos de la IA para la mente humana. Él menciona que podría “destruir el sistema límbico”. ¿Qué conclusiones sacar de estas advertencias?
Sucede que, al facilitar las actividades, la tecnología puede tener un efecto adverso: que la gente piense que ya no tiene que pensar. He visto estudios que demuestran que, por primera vez, una generación tiene un coeficiente intelectual inferior al de la generación anterior. Esto tiene que ver directamente con el efecto de los celulares. Nos facilitan información, pero si el celular reemplaza a mi cerebro, lo que produce es una reducción de la actividad cerebral. Tenemos más desarrollo tecnológico, pero menos desarrollo cerebral. La tecnología bien utilizada es una herramienta; mal utilizada, tiene consecuencias negativas tremendas.
Precisamente por estos riesgos y oportunidades, ¿no sería perentorio que el Estado cree un Ministerio de Inteligencia Artificial?
No creo. A nivel de gobierno se entiende muy poco qué es esto. Poner a un burócrata a tomar decisiones sobre algo que no domina es una mala idea. Este país se construyó sobre una perspectiva legal, que es absolutamente lenta comparada con la velocidad de la tecnología. Parece buena idea, pero sería tener algo que debe ser tremendamente rápido manejado por gente que se mueve a la velocidad de tortuga con muletas.
¿Y cómo cambiar esa situación si, tradicionalmente, son los abogados quienes ocupan los cargos principales del Estado?
Primero, hay que entender el problema. Tenemos tres poderes del Estado: el Judicial está 100% reservado para abogados; el Legislativo, donde más del 50% de los asesores son abogados; y el Ejecutivo, históricamente, con un aproximado de 30% de ministros abogados. Casi dos poderes completos están reservados para una carrera necesaria, pero tremendamente lenta, que quiere hacer todo a mano con sellitos y papelitos en un mundo que se mueve a velocidad de transbordador espacial. El mundo no va a parar para moverse a la velocidad de la burocracia peruana.
Para cerrar, la IA también ha potenciado la ciberdelincuencia. ¿Qué contramedidas se pueden sugerir a la ciudadanía?
El eslabón más débil siempre es el ser humano, no la tecnología. Hay que ser conscientes: tu computador es como tu ropa interior, no se comparte. Conectarse al correo desde una máquina pública puede ser causal de despido en una empresa tecnológica porque no sabes qué software malicioso tiene. Hay que actualizar los sistemas, proteger las contraseñas y, sobre todo, educar. Considero que todas las profesiones deberían llevar un curso fundamental de introducción a la ciencia de la computación. Si no, tomaremos decisiones y haremos leyes que no corresponden a la realidad.
¿Promueve la Cámara Peruana de la IA medidas contra la criminalidad que usa esta tecnología?
La Cámara promueve eventos donde se discuten estos temas, entre otros. Hay un grupo profesional muy diverso que puede ayudar a llamar la atención sobre estos problemas. Incluso hay abogados en la Cámara, pero son abogados que se “ponen en la onda”. El defecto no es ser abogado; el defecto es ser lento y desconocer la naturaleza de la computación queriendo controlarla. Es como tratar de controlar un transbordador espacial con una preparación para ser chofer de combi. La distancia es abismal.