La reciente reunión entre Xi Jinping y Vladímir Putin en China no solo ha servido para reafirmar la asociación integral y la cooperación estratégica entre Moscú y Pekín, sino también para cuestionar la Cúpula Dorada, el multimillonario programa militar que impulsa Donald Trump para defender a Estados Unidos de ataques con misiles. Ello, mientras en el “país de las oportunidades” se incrementan las brechas sociales.

Los mandatarios chino y ruso coinciden en que la Cúpula Dorada constituye una amenaza a la estabilidad estratégica, en tanto consideran que, en el ámbito de la disuasión nuclear, a despecho de lo que sostiene Washington, no hay separación entre criterios defensivos y ofensivos. Asimismo, argumentan que socava el principio internacional sobre el uso pacífico del espacio exterior.

¿Qué es la Cúpula Dorada?

Estamos hablando de un ambicioso programa militar que, según el Comité de Presupuesto del Congreso estadounidense, costaría USD 1,2 billones en un periodo de 20 años, una cifra que supera con creces el monto estimado por Trump el año pasado, cuando habló de USD 175,000 millones. Todo esto en un país que tiene un serio problema de sostenibilidad fiscal, con una deuda gigantesca y un déficit crónico.

Con la Cúpula Dorada, Estados Unidos aspira a construir sistemas de defensa antimisiles basados en la tierra, el mar, el aire y, sobre todo, el espacio. Esto es, una versión modernizada de la Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI), más conocida como “Guerra de las Galaxias”, lanzada por Ronald Reagan en 1983 para intimidar a la Unión Soviética, a la que llamaba “imperio del mal”, quizá para justificar el carácter imperial de Estados Unidos, pero para hacer el “bien”.

Golpe al control de armas

A propósito, durante la administración Reagan, y ya en medio de la vigencia de la Perestroika y la Glasnost en la Unión Soviética, Moscú y Washington suscribieron el Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF), por el que una parte y otra se comprometieron a dejar de producir misiles balísticos de entre 500 km y 5,500 km de alcance, así como a retirar los ingenios de este tipo que habían desplegado en Europa.

Pero resulta que este importante tratado de control de armas nucleares quedó sin efecto en el 2019, cuando, en el primer gobierno de Trump, Estados Unidos se retiró de él, abriendo la puerta, nuevamente, a la producción de misiles con esos rangos de alcance, menores a los misiles balísticos intercontinentales (ICBM) y a los misiles balísticos lanzados desde submarinos (SLBM). Acto seguido, anunció su probable despliegue en países próximos a China y Rusia.

El “Golden Dome”, según el Comité de Presupuesto del Congreso estadounidense, costaría USD 1,2 billones en un periodo de 20 años.

La debacle sigue su curso

El control de armas nucleares volvió a sufrir un nuevo golpe en el 2023, cuando Rusia, en medio del masivo respaldo militar de Occidente a Ucrania, se retiró del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (CTBT). Y, nuevamente, en febrero de este año, con la negativa de Estados Unidos a extender la vigencia de la tercera versión del Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START), cuya versión inicial se firmó en el 2010.

En realidad, esta situación se remonta a inicios del siglo XXI, cuando en el 2002, un año después del 11-S, George W. Bush retiró a Estados Unidos del Tratado de Limitación de Misiles Antibalísticos (ABM), que estaba vigente desde 1972 y que prohibía el desarrollo de sistemas antimisiles a gran escala. Con esta decisión, se abocó a la idea de poner en marcha la Defensa de Misiles Balísticos (BMD), una reedición en menor escala de la SDI.

ABM a favor de la MAD

Lo cierto es que el tratado ABM, al limitar el despliegue de sistemas antimisiles, garantizaba la disuasión nuclear, que toma forma bajo la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada (MAD). Y es que Estados Unidos y la Unión Soviética eran conscientes del equilibrio estratégico alcanzado en materia nuclear, no solo por el tamaño de sus arsenales, sino también por la posesión de la tríada nuclear, que impide la aniquilación de la totalidad de los mismos.

Desaparecida la Unión Soviética, la MAD seguía siendo válida para las relaciones entre Estados Unidos y Rusia, cuyos submarinos nucleares provistos de misiles balísticos (SSBN) garantizan la “capacidad de segundo ataque”, esto es, la facultad de responder a un ataque nuclear inicial masivo y sorpresivo. En este marco, Rusia considera que, si Estados Unidos construye un vasto sistema antimisiles, reforzaría su “capacidad de primer ataque”.

La Luna entra en la ecuación

De regreso a la Cúpula Dorada, el creciente interés de las grandes potencias por los viajes a la Luna no solo es científico, sino también militar, pues están determinadas a ejercer el dominio del espacio, pieza clave para la supremacía bélica. Mientras Estados Unidos corre solo en la competencia, China y Rusia aúnan esfuerzos en la tarea, deseosos de convertir a la Luna en una suerte de Estrella de la Muerte y con ello tomar de rehén a la Tierra entera.

Todo esto trae a colación el libro “Los próximos cien años” (2010), de George Friedman, que describe un escenario geopolítico a mediados del siglo XXI en el que Estados Unidos dispone de una significativa superioridad en materia espacial, en la forma de “estrellas de combate”, plataformas aparcadas en órbitas geoestacionarias (fijas) que comandan grupos de satélites, proveyendo información de objetivos a vehículos hipersónicos e incluso disparando proyectiles.

Cañones y menos mantequilla

Pero mientras el gobierno de Trump se dispone a seguir enriqueciendo al insaciable complejo industrial-militar, Estados Unidos enfrenta una creciente desigualdad económica, con el 10 % más rico detentando más del 70 % de la riqueza, según la Base de Datos Mundial sobre Desigualdad de Ingresos. A ello se suma el hecho de que se recortan los gastos para asistencia médica, al tiempo que se aumentan las ayudas fiscales a las grandes corporaciones.

El caso es que la disuasión, muchas veces, solo es una coartada para el armamentismo. En los años 80, el actor Paul Newman cuestionaba el despliegue de los misiles Pershing II en Europa, decisión ante la que los soviéticos, señalaba, respondían colocando submarinos provistos con misiles de crucero cerca a las costas de Estados Unidos. “Si alguien va a decirme que eso aumenta nuestra seguridad nacional, bueno, no sé, es un juego que no entiendo”, sostenía con razón.

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❯❯ Carlos Rada Benavides es analista de temas internacionales y de seguridad.

Este artículo no ha sido escrito con inteligencia artificial

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