Por: Coronel FAP (r) Abraham Lescano Salazar

El festival aero-deportivo realizado en la Base Aérea de “Las Palmas”, en Surco (Lima), que tuvo como protagonista al “Viper demo team” de la USAF, también evidenció la falta de cultura de seguridad y defensa en un sector que prioriza la comodidad inmediata sobre el valor estratégico militar. Las críticas al ruido y los pedidos de cierre de la base ignoran que estas instalaciones y la compra de cazas F-16 son vitales para la defensa nacional, la soberanía y la respuesta ante desastres. 

El último fin de semana, miles de peruanos levantaron la mirada al cielo de Quiñones en Lima para presenciar un festival aero-deportivo organizado por la Fuerza Aérea del Perú. El rugido de los motores de los aviones F-16—en demostración junto a un equipo acrobático internacional— no solo despertó emoción en quienes aman la aviación.

También dejó una lección que, lamentablemente, aún no todos comprenden. Porque más allá del espectáculo, lo que se observó fue una muestra tangible de lo que significa el poder aéreo: preparación, tecnología, disciplina y capacidad de respuesta.

Sin embargo, no faltaron las voces críticas. Algunas cuestionando la adquisición de estos sistemas, otras —más preocupante aún— sugiriendo el cierre de una base aérea por el “ruido” que generan las operaciones.

El “Viper demo team” de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, hizo rugir los motares de los Cazas F-16 en el sur de Lima.

Las operaciones de aeronaves supersónicas en Lima son esporádicas. Se realizan en contextos específicos, como entrenamientos o eventos institucionales. No forman parte de una actividad cotidiana que afecte de manera permanente a la ciudad, pero reducir el debate al ruido es desconocer el valor estratégico de una base aérea.

Instalaciones como la Base Aérea de Las Palmas en el distrito de Surco cumplen múltiples funciones críticas, son centros de defensa y control del espacio aéreo, permiten entrenamiento y alistamiento permanente, y sobre todo, funcionan como infraestructura estratégica en situaciones de emergencia.

En una ciudad como Lima —con accesos limitados y alta vulnerabilidad ante desastres— contar con una pista alternativa al aeropuerto internacional no es un lujo. Es una necesidad.

El problema de fondo no es la crítica. Es la falta de una cultura de seguridad y defensa, cuando se plantea cerrar una base aérea para convertirla en infraestructura comercial o habitacional, no se está proponiendo desarrollo. Se está sacrificando una capacidad estratégica por una ganancia inmediata.

El desarrollo sostenible de una ciudad no puede construirse ignorando su seguridad. La adquisición de aeronaves como el F-16 no responde a una lógica de espectáculo ni de prestigio, responde a la necesidad de mantener capacidades mínimas de disuasión, proteger la soberanía y garantizar que el país pueda responder ante escenarios complejos.

Quienes cuestionan cualquier compra —sea cual sea el sistema— probablemente no están discutiendo el modelo, sino la idea misma de invertir en defensa. El sonido de un caza en el cielo puede ser incómodo para algunos, pero también es el recordatorio de que existe un Estado que se prepara, que entrena y que busca proteger.

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