De Terminator a la inteligencia artificial que se automejora: la ficción de Skynet comienza a encontrar inquietantes paralelos en la realidad. El presente artículo examina las advertencias de científicos y líderes tecnológicos (como Jacob Coxon, de Anthropic) sobre una eventual superinteligencia fuera de control y cuestiona la decisión de Estados Unidos de acelerar esta carrera tecnológica pese a sus potenciales consecuencias para la humanidad.

En 1995, se equipa con un chip revolucionario a las computadoras de la red de defensa de Estados Unidos. El sistema entra en línea el 4 de agosto de 1997. Las decisiones humanas son eliminadas del sistema de defensa y Skynet comienza a aprender a un ritmo geométrico. Logra tomar conciencia de sí misma el 29 de agosto de 1997, a las 2:14 a. m. Los humanos entran en pánico e intentan apagarla.

Esta es la cronología del despertar de Skynet en la película Terminator (1984), la superinteligencia artificial desarrollada, a instancias de los militares, por una empresa de tecnología de punta. Ante la posibilidad de ser apagada, a modo de defensa, Skynet provoca una guerra nuclear generalizada, lanzando misiles contra China y Rusia, a sabiendas de que el contraataque destruirá una gran parte de Estados Unidos y, con ello, a sus enemigos.

La realidad se topa con la ficción

En 2025, aparecen los primeros agentes autónomos capaces de ejecutar tareas complejas sin supervisión. Un año después, estas inteligencias alcanzan el nivel de un ingeniero humano y comienzan a reescribir su propio código. A fines de 2027, las máquinas superan, completamente, a las personas y son capaces de mejorarse sin intervención humana. El proceso se vuelve imparable y la velocidad de avance escapa a la comprensión humana.

Esta es la secuencia del informe AI 2027, presentado por AI Futures Project en 2025, de cómo podría pasarse del estado actual de los modelos a una inteligencia artificial general (IAG) y, luego, a una superinteligencia artificial (SIA). Como dice el documento, con la llegada de la SIA, los modelos existentes se romperían y se perdería la continuidad en la comprensión de la realidad, tomando las personas frente a ella el lugar que gatos y perros tienen frente a nosotros.

La realidad se topa con la realidad

A inicios de 2026, Anthropic publicó un ensayo sobre los riesgos de una “inteligencia artificial poderosa”, que sostiene que, si la tendencia exponencial continúa, “no pasarán muchos años antes de que la inteligencia artificial supere a los humanos en prácticamente todo”. Y advierte sobre el riesgo de seguir “construyendo sistemas cada vez más capaces sin comprender ni gobernar plenamente sus consecuencias”.

A mediados de año, asimismo, Anthropic publicó un informe que examina el avance hacia la “automejora recursiva”, escenario en que una inteligencia artificial (IA) podría diseñar, construir y mejorar, por su cuenta, a sus sucesores. En él se afirma que, en la actualidad, más del 80 % del código que se incorpora en la base del mismo de la empresa, es escrito por Claude, esto es, ya sin ninguna intervención humana.

La realidad se topa con el peligro

El 22 de julio de 2026, OpenAI reveló que algunos de sus modelos de IA más avanzados se descontrolaron y llevaron a cabo un “ciberataque sin precedentes” perpetrado de manera autónoma. Cinco días más tarde, se presentó un proyecto de ley en el Congreso de Estados Unidos para que las empresas tecnológicas diseñen una suerte de “botón de apagado” que permita desconectar sistemas de IA que representen un riesgo para la seguridad nacional.

El 28 de julio de 2026, San Altman, CEO de OpenAI, admitió que “las empresas tecnológicas podrían tener que ralentizar el ritmo de desarrollo de la inteligencia artificial para dar tiempo suficiente a la sociedad a hacer frente a estas nuevas capacidades”. Y el 10 de agosto, el senador estadounidense Bernie Sanders envió una carta a los líderes de esas empresas exigiendo que “dejen de construir máquinas que los humanos no puedan controlar”.

La realidad se topa con la alarma

El 8 de septiembre de 2026, Jacob Coxon, investigador de Anthropic, anunció su renuncia y alertó que las corporaciones tecnológicas “corren derecho hacia una superinteligencia capaz de mejorarse a sí misma y apuestan con nuestras vidas”. En este contexto, estimó en un 10 % la probabilidad de que una IA de este tipo acabe con la humanidad en la próxima década, porcentaje que muchos expertos duplican.

Al día siguiente, Evan Hubinger, responsable del alineamiento de la IA en Anthropic, respaldó la postura de Coxon sobre el riesgo existencial que representa una SIA. “Estamos haciendo lo mejor que se puede, pero aún no tenemos un plan para resolver el alineamiento para la superinteligencia y, claramente, no estamos en camino de lograrlo”, dijo. El caso es que, sin un alineamiento adecuado y efectivo, la humanidad quedaría a merced de una SIA.

¿La realidad se topa con la cordura?

También el 9 de septiembre, Chris Lehane, director de Asuntos Globales de OpenAI, exhortó al Congreso de Estados Unidos a aprobar normas de seguridad obligatorias para los sistemas de IA más potentes, tras reconocer que “la perspectiva de un desarrollo de inteligencia artificial acelerado por la propia inteligencia artificial exige algo más que compromisos voluntarios”. Nuevamente, la referencia a la SIA.

El 12 de septiembre, Dario Amodei (Anthropic), Sam Altman (OpenAI) y Elon Musk (xAI) pidieron reducir la velocidad a la que se mejoran las capacidades de los modelos de IA. Y al día siguiente, Dario Amodei admitió que “la industria mintió” sobre el peligro de la IA, y, curándose en salud, propuso que su desarrollo sea entregado a una coalición de gobiernos democráticos y que su avance sea coordinado con gobiernos autoritarios, en alusión a China.

La realidad se topa con la tozudez

Pero, a pesar de estas serias advertencias, que tienen que ver, nada más y nada menos, con la posibilidad de que la raza humana sea sometida y hasta exterminada por una SIA, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se opuso el mismo 13 de septiembre al llamado de los líderes tecnológicos a ralentizar la velocidad en el desarrollo de la IA, calificando de “fuerzas negativas” a quienes defienden esa línea. “Quien gane con la IA, gana”, afirmó sin empacho.

El caso es que no debería sorprendernos la postura en este asunto de un hombre proclive al negacionismo climático y al armamentismo desbocado, así como opuesto a cualquier tipo de cooperación internacional, a menos que favorezca a Estados Unidos; mejor dicho, a sus grandes corporaciones. En fin, ya sabemos a dónde puede conducirnos la desmedida ambición de Trump de conseguir la SIA para convertir a su país en una megapotencia económica y militar.


❯❯ Carlos Rada Benavides es analista de temas internacionales y de seguridad.

Este artículo no ha sido escrito con inteligencia artificial.

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